Las cortinas grises, cuyo color se debía más a la suciedad que a la tintura original de la tela, tapaban cualquier reflejo de luz que se animara a acercarse a la ventana. Las paredes hacían un esfuerzo por mantenerse de pie, llenas de rajaduras y manchas de humedad. La frazada que pretendía abrigarte esa noche tenía un notable agujero producto de algún grupo de polillas hambrientas. Para completar, ya estabas por prender el tercer sahumerio, y el olor desagradable que dominaba ese espacio no se decidía a irse. Sin embargo, a pesar del ambiente desfavorable, no podías quejarte demasiado, era el único lugar que te había permitido quedarte sin presentar documentos. Ningún otro hospedaje te había dejado pasar sin acreditar la mayoría de edad.
Hilda, la casera, una señora de unos 50 años muy mal llevados, no se preocupó demasiado cuando le negaste el DNI. “Otra más”, dijo en medio de un suspiro y te indicó la habitación que te tocaba con muy poca cortesía. Nunca preguntó por qué no querías que te pasara llamados ni por qué exigías constantemente que negara tu existencia allí. No tenía demasiados requisitos para hospedar gente en su pensión. Al lado tuyo paraba Juanjo, un chico de 25 años. Se había ido de su casa a los 16, tocaba la guitarra en el subte y vivía de las propinas de los pasajeros. Juanjo se convirtió en tu mentor, él, aunque en circunstancias muy diferentes, había pasado por algo parecido a lo que estabas viviendo vos y te ayudó a pasar los momentos más difíciles. Algunos meses más tarde fue algo más que tu mentor; fue tu primer amor, ese con el que todo comienza, con el que todo se siente por primera vez; pero eso no cuenta en este cuento.
En el cuarto del otro lado nunca duró más de un par de semanas algún huésped. Pasaron desde prostitutas hasta turistas resignados. Una de esas personas que pasó por “la maldita 304”, como la llamaban, fue tu actual compañera en el bar, la que te consiguió el trabajo como mesera gracias al cual sobreviviste todo este tiempo. En la habitación de en frente vivía Pepe, un señor de unos 60 años que había tenido una vida llena de experiencias, por así decirlo. A Pepe le encantaba sentarse y transmitir sus vivencias; su vida agitada lo había llenado de novelas de verdad, de esas que le pasan a la gente real; y a vos, a falta de televisión, te encantaba escucharlo cada tarde.
Así podrías seguir, en ese albergue conociste todo tipo de personas extrañas, que nunca hubieras imaginado que existían. Todos te enseñaron algo y te ayudaron a salir de la burbuja en la que habías vivido en tus primeros 16 años de vida tras tus esfuerzos por recibirte de “hija perfecta”.
Hoy, después de algo más que un año (muy intenso, por cierto), mirás todo desde otra perspectiva, desde los ojos del que observa todo por última vez. Ahora valorás el triple todos tus días en ese lugar, todo lo que te sirvió estar ahí, con esas personas maravillosas que tanto miedo te dieron al principio.
Al cerrar la puerta de tu cuarto las cortinas ya no te parecen tan oscuras, el olor a humedad se fue, o te acostumbraste tanto a él que ya no lo sentís. Juanjo te observa desde la distancia, ya terminaron su relación, pero todavía se quieren. Te va a extrañar, pero sabe que lo que estás a punto de hacer es lo mejor para vos; a él le hubiese gustado que le pasara lo mismo cuando todavía era “pendejo”, te lo confesó la noche anterior en secreto, en la despedida que te hizo en privado. Pepe llora, Hilda te mira con ternura y te sonríe. Prometés que vas a volver a saludarlos, pero ya no va a ser lo mismo, lo sabés. Ni siquiera es seguro que algún día vuelvas a ese lugar, todos lo saben. Fue una aventura pasajera, un aprendizaje inconmensurable, pero ya terminó.
Levantás tu bolso, te despedís de todos. Juanjo te acompaña a la puerta donde un remise espera. Se besan por última vez y te desea suerte. Mirás esa entrada añeja de Alvarado al 2900 y hacés tu mayor esfuerzo para que permanezca siempre en tu memoria. “Hasta Thames y Charcas” le indicás al chofer entre sollozos. Vas a volver a tu casa.
miércoles, 27 de enero de 2010
lunes, 25 de enero de 2010
Abandonos (1° parte)
No fuiste ese día a la escuela. No le dijiste a tu papá que te sentías mal, quizás ese fue tu peor error. Supusiste que en un ratito se te iba a pasar e ibas a poder iniciar tu día normalmente, como tenía que ser. Pero no, no fue así. Te desmayaste apenas te levantaste de la cama, el no se enteró, tampoco supo que fue por eso que no fuiste al colegio esa mañana.
Al mediodía, cuando ya te sentías mejor, sonó el teléfono. Era la directora del Normal N°15 que con su voz antipática te informaba lo siguiente: “Tu papá ya sabe que te rateaste”.
No pudiste responder, no pudiste explicar, te quedaste callada y lo próximo que se escuchó fue un “tu, tu, tu”. La directora había cortado.
Entraste en pánico, no podías ni pensar en la reacción de tu papá. Se iba a enojar mucho, se iba a decepcionar. Te desparramaste en el sillón y cerraste los ojos, buscabas desaparecer del mundo. En ese momento llegaron los recuerdos.
Tenías nueve años aquella vez, tus amigos te habían insistido reiteradas veces para que lo hicieras con ellos, aunque finalmente se conformaron solo con que presenciaras el acto. Así fue que terminaste escabullida tras un saco en la sala de maestros en una hora de clase, lejos del pizarrón y de tu cuaderno, temblando de nervios mientras veías a tus compañeros vaciar ese tupper con una sustancia desagradable dentro de la cartera de la señorita. Te habían dicho que era vómito, pero vos no lo querías creer, aunque mirándolo detenidamente era bastante difícil dudarlo. Salieron del salón sigilosamente, pero eso no alcanzó para pasar desapercibidos.
Sentiste como se te estrangulaba el estómago al recordar ese momento, la furia de tu papá, el castigo por tanto tiempo, la decepción que se manifestó en cada una de las palabras que pronunció; tu dolor. Ya no confiaba en vos, ya no te quería como antes, algo se había destruido en su relación. Desde ese día habías procurado ser la hija perfecta, aunque no sabías muy bien que tenías que hacer para lograrlo.
Faltaban siete horas todavía para que llegara de trabajar. Lloraste mucho antes de tomar la decisión. Tenías miedo, demasiado miedo, pero nada sería peor que enfrentar la reacción de tu padre.
Guardaste todas tus cosas. Tu ropa, tus libros, un poco de comida. Rompiste esa vieja alcancía llena de regalos de cumpleaños y algunos ahorros. Contaste hasta las últimas monedas: 115 pesos con 35 centavos. Supusiste que te alcanzaría para algunos días. Tenías que buscar un lugar donde hospedarte. No conocías a tus abuelos ni a tus tíos y en tus amigas no podías confiar. No había más opción que buscar un hotel, o una pensión, no sabías para qué te iba a alcanzar la plata. De todos modos estabas segura de que pronto encontrarías algún trabajo, al fin y al cabo, eras una chica inteligente.
Cerraste tu bolso, cargaste tu mochila y pensaste en todo una vez más. Volviste a concluir que abandonar tu hogar sería más fácil que enfrentar el castigo y la mirada de decepción de tu papá.
Agarraste uno de esos papelitos verdes que él guardaba prolijamente al lado del teléfono, pensaste en aquella vez que te había enseñado a ordenarlos de la manera correcta; qué lejos parecía ahora ese momento. Escribiste las pocas palabras que pudiste: “Papá, perdóname. Me merezco el peor castigo, me voy de casa”. Dejaste caer unas lágrimas que corrieron parte de la tinta, no lo pudiste evitar.
Pusiste el papel sobre la mesa ratona del living, apoyado sobre un portarretratos con una imagen de los tres junto al mar. ¡Cómo extrañabas a tu mamá!, pero ese no era momento de nostalgias. Corriste a buscar la foto que guardabas en tu mesita de luz. La apretaste contra tu pecho por unos segundos, la guardaste en tu mochila y ahora sí, era momento de partir. Miraste esa puerta de Thames N°2367 y guardaste la postal en tu retina antes de salir caminando decidida hasta la parada del 37, uno de los colectivos que, sabías, te llevaría lejos.
Al mediodía, cuando ya te sentías mejor, sonó el teléfono. Era la directora del Normal N°15 que con su voz antipática te informaba lo siguiente: “Tu papá ya sabe que te rateaste”.
No pudiste responder, no pudiste explicar, te quedaste callada y lo próximo que se escuchó fue un “tu, tu, tu”. La directora había cortado.
Entraste en pánico, no podías ni pensar en la reacción de tu papá. Se iba a enojar mucho, se iba a decepcionar. Te desparramaste en el sillón y cerraste los ojos, buscabas desaparecer del mundo. En ese momento llegaron los recuerdos.
Tenías nueve años aquella vez, tus amigos te habían insistido reiteradas veces para que lo hicieras con ellos, aunque finalmente se conformaron solo con que presenciaras el acto. Así fue que terminaste escabullida tras un saco en la sala de maestros en una hora de clase, lejos del pizarrón y de tu cuaderno, temblando de nervios mientras veías a tus compañeros vaciar ese tupper con una sustancia desagradable dentro de la cartera de la señorita. Te habían dicho que era vómito, pero vos no lo querías creer, aunque mirándolo detenidamente era bastante difícil dudarlo. Salieron del salón sigilosamente, pero eso no alcanzó para pasar desapercibidos.
Sentiste como se te estrangulaba el estómago al recordar ese momento, la furia de tu papá, el castigo por tanto tiempo, la decepción que se manifestó en cada una de las palabras que pronunció; tu dolor. Ya no confiaba en vos, ya no te quería como antes, algo se había destruido en su relación. Desde ese día habías procurado ser la hija perfecta, aunque no sabías muy bien que tenías que hacer para lograrlo.
Faltaban siete horas todavía para que llegara de trabajar. Lloraste mucho antes de tomar la decisión. Tenías miedo, demasiado miedo, pero nada sería peor que enfrentar la reacción de tu padre.
Guardaste todas tus cosas. Tu ropa, tus libros, un poco de comida. Rompiste esa vieja alcancía llena de regalos de cumpleaños y algunos ahorros. Contaste hasta las últimas monedas: 115 pesos con 35 centavos. Supusiste que te alcanzaría para algunos días. Tenías que buscar un lugar donde hospedarte. No conocías a tus abuelos ni a tus tíos y en tus amigas no podías confiar. No había más opción que buscar un hotel, o una pensión, no sabías para qué te iba a alcanzar la plata. De todos modos estabas segura de que pronto encontrarías algún trabajo, al fin y al cabo, eras una chica inteligente.
Cerraste tu bolso, cargaste tu mochila y pensaste en todo una vez más. Volviste a concluir que abandonar tu hogar sería más fácil que enfrentar el castigo y la mirada de decepción de tu papá.
Agarraste uno de esos papelitos verdes que él guardaba prolijamente al lado del teléfono, pensaste en aquella vez que te había enseñado a ordenarlos de la manera correcta; qué lejos parecía ahora ese momento. Escribiste las pocas palabras que pudiste: “Papá, perdóname. Me merezco el peor castigo, me voy de casa”. Dejaste caer unas lágrimas que corrieron parte de la tinta, no lo pudiste evitar.
Pusiste el papel sobre la mesa ratona del living, apoyado sobre un portarretratos con una imagen de los tres junto al mar. ¡Cómo extrañabas a tu mamá!, pero ese no era momento de nostalgias. Corriste a buscar la foto que guardabas en tu mesita de luz. La apretaste contra tu pecho por unos segundos, la guardaste en tu mochila y ahora sí, era momento de partir. Miraste esa puerta de Thames N°2367 y guardaste la postal en tu retina antes de salir caminando decidida hasta la parada del 37, uno de los colectivos que, sabías, te llevaría lejos.
miércoles, 20 de enero de 2010
Deseos modernizados
“Yo quiero ser un nene de propaganda”, sorprendió Matías a su mamá una aburrida tarde de verano mientras merendaban mirando la tele. “Sí, porque cuando yo abro el postrecito no me pasan las cosas que le pasan a esos nenes”, continuó ante la tierna aunque asombrada mirada de su madre. “Yo quiero que venga el genio y me regale su patineta, que el plato de fideos se agrande, jugar a las escondidas con los perritos de las salchichas… ¿Cuándo me llevás a un casting, má?”
Back in B.A
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domingo, 13 de diciembre de 2009
La ciudad tras bambalinas (3° y última parte)
La soledad en la ficción
La soledad es uno de los temas que trabaja Pablo Ramos en el cuento Todo puede suceder, su mímesis I, diría Ricoeur, el foco en tu comprensión de la cotideaneidad. La soledad y la obsesión se tejen, se configuran en la relación entre un hombre y un zapato, dos elementos heterogéneos que se conectan en una trama determinada, completando el proceso de mímesis II. Esa relación genera un cuestionamiento, en el lector, de su propia soledad o sus propias obsesiones. A este momento Ricoeur lo llama mímesis III, es el momento en el que el lector reactualiza la obra, es cuando la narración hace al lector re-significar su pre-significado, cuando el narrador transforma al lector en su visión del mundo.
La soledad está trabajada desde esa cotidianeidad en la que todos vivimos inmersos. Miro los autos estacionados, la gente, que camina distraída; miro los negocios, los restos del verano en las vidrieras desordenadas. Todo es igual que siempre: una postal que se mueve, que perdura en el tiempo.
En este cuento Ramos hace a su personaje realizar una acción diferente a la esperable. El protagonista observa desde su balcón el desmayo de una chica en el medio de la calle luego de que casi la atropella una moto y toda la movilización que eso provoca hasta que finalmente se la lleva la policía. Sin embargo, el problema del personaje comienza cuando ve, en la misma calle en la que había caído la chica, un zapato tirado. El hombre, construido como una persona solitaria y obsesiva, baja a buscarlo, se lo queda, se lo prueba, lo analiza y finalmente, tras descubrir un papel con una dirección, lo devuelve. Una vez sin el zapato en su poder vuelve a sentir el vacío interior que lo impulsó a buscarlo en un primer momento.
Mediante este relato Ramos logra que el lector se cuestione sus propias obsesiones, su soledad. Sin embargo, en Todo puede suceder el personaje solitario es el mismo que ve lo que nadie ve. Ramos construye un personaje que gracias a su soledad y su obsesión logra ver lo que otros no. Quizás la soledad no sea solo causa de ceguera urbana, tal vez también sea la causante del poder de ver tras bambalinas.
El artista se ocupa de alumbrar esos elementos que suelen quedar al margen. Ya sea desde la soledad o desde la compañía, la ficción logra hacer brillar eso que la urbanidad opaca. Y no solo desde el under, si bien dije que la mediatización colabora con mantener ciertas cosas atrás, no se puede negar que algunas producciones sacan a la luz temáticas y las instalan en el centro del escenario. Vidas Robadas, por ejemplo, novela emitida por Telefe, corrió la cortina que mantenía a la trata de personas fuera de los ojos de la sociedad.
Tal vez el artista esté tan solo como cualquier otro ciudadano y la diferencia pase por lo que hace con esa soledad. Mientras muchos se hunden en la velocidad de la rutina, otros prefieren la embriaguez ficcional; porque la obra antes de ser un producto terminado es un proceso caótico, lleno de grandes y originales ideas desordenadas. Algunos eligen perderse en una perspectiva distinta del mundo, ser juzgados, ser (más veces de las que deberían) mal vistos, prefieren correrse del lugar común y (tal vez) pasar por locos.
Como un chico que va al teatro y ríe cuando alguna mano se le escapa al actor que espera para salir a escena; con esa inocencia de alguien que no se obnubila con lo que brilla, con esa pureza del turista, del que es nuevo en un lugar; el artista ve, el escritor cuenta lo que la ciudad no quiere mostrar.
La soledad es uno de los temas que trabaja Pablo Ramos en el cuento Todo puede suceder, su mímesis I, diría Ricoeur, el foco en tu comprensión de la cotideaneidad. La soledad y la obsesión se tejen, se configuran en la relación entre un hombre y un zapato, dos elementos heterogéneos que se conectan en una trama determinada, completando el proceso de mímesis II. Esa relación genera un cuestionamiento, en el lector, de su propia soledad o sus propias obsesiones. A este momento Ricoeur lo llama mímesis III, es el momento en el que el lector reactualiza la obra, es cuando la narración hace al lector re-significar su pre-significado, cuando el narrador transforma al lector en su visión del mundo.
La soledad está trabajada desde esa cotidianeidad en la que todos vivimos inmersos. Miro los autos estacionados, la gente, que camina distraída; miro los negocios, los restos del verano en las vidrieras desordenadas. Todo es igual que siempre: una postal que se mueve, que perdura en el tiempo.
En este cuento Ramos hace a su personaje realizar una acción diferente a la esperable. El protagonista observa desde su balcón el desmayo de una chica en el medio de la calle luego de que casi la atropella una moto y toda la movilización que eso provoca hasta que finalmente se la lleva la policía. Sin embargo, el problema del personaje comienza cuando ve, en la misma calle en la que había caído la chica, un zapato tirado. El hombre, construido como una persona solitaria y obsesiva, baja a buscarlo, se lo queda, se lo prueba, lo analiza y finalmente, tras descubrir un papel con una dirección, lo devuelve. Una vez sin el zapato en su poder vuelve a sentir el vacío interior que lo impulsó a buscarlo en un primer momento.
Mediante este relato Ramos logra que el lector se cuestione sus propias obsesiones, su soledad. Sin embargo, en Todo puede suceder el personaje solitario es el mismo que ve lo que nadie ve. Ramos construye un personaje que gracias a su soledad y su obsesión logra ver lo que otros no. Quizás la soledad no sea solo causa de ceguera urbana, tal vez también sea la causante del poder de ver tras bambalinas.
El artista se ocupa de alumbrar esos elementos que suelen quedar al margen. Ya sea desde la soledad o desde la compañía, la ficción logra hacer brillar eso que la urbanidad opaca. Y no solo desde el under, si bien dije que la mediatización colabora con mantener ciertas cosas atrás, no se puede negar que algunas producciones sacan a la luz temáticas y las instalan en el centro del escenario. Vidas Robadas, por ejemplo, novela emitida por Telefe, corrió la cortina que mantenía a la trata de personas fuera de los ojos de la sociedad.
Tal vez el artista esté tan solo como cualquier otro ciudadano y la diferencia pase por lo que hace con esa soledad. Mientras muchos se hunden en la velocidad de la rutina, otros prefieren la embriaguez ficcional; porque la obra antes de ser un producto terminado es un proceso caótico, lleno de grandes y originales ideas desordenadas. Algunos eligen perderse en una perspectiva distinta del mundo, ser juzgados, ser (más veces de las que deberían) mal vistos, prefieren correrse del lugar común y (tal vez) pasar por locos.
Como un chico que va al teatro y ríe cuando alguna mano se le escapa al actor que espera para salir a escena; con esa inocencia de alguien que no se obnubila con lo que brilla, con esa pureza del turista, del que es nuevo en un lugar; el artista ve, el escritor cuenta lo que la ciudad no quiere mostrar.
viernes, 11 de diciembre de 2009
La ciudad tras bambalinas (2° parte)
Hay un factor fundamental que ayuda a la ciudad a organizar el escenario, a decidir quien recibe las miradas y quien se queda tras el pesado paño rojo: los medios de comunicación. Como lo establece Eliseo Verón, vivimos en una sociedad en vías de mediatización, es decir, gran parte de las prácticas cotidianas no sólo aparecen en los medios sino que se estructuran a partir de ellos. Esto hace que, como plantea Carlos Gamerro en Perdidos en la Ciudad, la ciudad ya no se conozca recorriéndola sino viéndola por televisión, la variedad del recorrido urbano, cuyo equivalente discursivo o textual podía encontrarse antes en la página de un diario, hoy se recrea mejor en el zapping o en un surfeo por la web, reflexiona.
Con todo esto lo que quiero decir es que si explota una bomba en Zimbagüe, para mí y para el resto de los habitantes, esa bomba no explotó si la televisión o la radio no lo contaron. Sin ir más lejos, si un árbol mata a un perro a la vuelta de mi casa y un vecino me lo dice yo dudo de la veracidad del hecho, aunque las dudas no son tantas cuando el que me lo transmite es el conductor del noticiero del mediodía.
Las personas confiamos mucho más en una institución que en una persona. No creemos en el resto de los ciudadanos, ¿será que somos consientes de que la ciudad nos miente?, no lo sé, no estoy segura. Sí estoy segura de que no creemos en la gente, y cuando estamos solos, nos sentimos mejor cuando ese conductor, esa figura detrás de la pantalla de la televisión o del parlante de la radio nos acompaña en la soledad. Nos acompaña y le creemos, más que al que está al lado nuestro.
Afuera, la ciudad está repleta de gente, de música, de movimiento, de ruido; pero nadie ve, nadie siente, nadie escucha; como dice Joaquín Sabina tanto ruido y al final la soledad. Hay tanto que no hay nada, tenemos tanto que no tenemos nada, queremos tanto que no queremos nada. La soledad es la razón principal por la que no vemos a nuestro alrededor, el motivo por el que vivimos concentrados en nuestros problemas y no miramos más allá. Corremos por las calles para llegar a nuestros hogares, escapamos del ruido de los autos, de las charlas ajenas o de las publicidades, queremos “estar solos”, “tranquilidad”, aunque nunca supe exactamente a qué llamamos “tranquilidad”, porque finalmente cuando alcanzamos nuestros sillones prendemos la televisión, y volvemos a llenar de ruido el ambiente.
En una escena de la película Nueve Reinas Marcos, Ricardo Darín, le explica a Juan, Gastón Pauls, por qué los “chorros comunes son aprovechadores de descuidos”, allí se ven las actitudes indiferentes de la gente hacia las distintas cosas que pueden existir o suceder alrededor de ellos. Mientras Marcos habla se suceden una serie de imágenes en las que se observan diferentes personas caminando por el centro de Buenos Aires y cada uno de ellos está atendiendo a sus cosas, acomodando papeles, hablando por celular, nadie mira “más allá de sus narices”. En la foto de Rafael Calviño que ilustra este ensayo se puede ver esto mismo, personas caminando solas por la calle sin atender a lo que pasa a su alrededor, van hacia su destino final viendo únicamente lo evidente, lo que la ciudad les pone en frente.
Con todo esto lo que quiero decir es que si explota una bomba en Zimbagüe, para mí y para el resto de los habitantes, esa bomba no explotó si la televisión o la radio no lo contaron. Sin ir más lejos, si un árbol mata a un perro a la vuelta de mi casa y un vecino me lo dice yo dudo de la veracidad del hecho, aunque las dudas no son tantas cuando el que me lo transmite es el conductor del noticiero del mediodía.
Las personas confiamos mucho más en una institución que en una persona. No creemos en el resto de los ciudadanos, ¿será que somos consientes de que la ciudad nos miente?, no lo sé, no estoy segura. Sí estoy segura de que no creemos en la gente, y cuando estamos solos, nos sentimos mejor cuando ese conductor, esa figura detrás de la pantalla de la televisión o del parlante de la radio nos acompaña en la soledad. Nos acompaña y le creemos, más que al que está al lado nuestro.
Afuera, la ciudad está repleta de gente, de música, de movimiento, de ruido; pero nadie ve, nadie siente, nadie escucha; como dice Joaquín Sabina tanto ruido y al final la soledad. Hay tanto que no hay nada, tenemos tanto que no tenemos nada, queremos tanto que no queremos nada. La soledad es la razón principal por la que no vemos a nuestro alrededor, el motivo por el que vivimos concentrados en nuestros problemas y no miramos más allá. Corremos por las calles para llegar a nuestros hogares, escapamos del ruido de los autos, de las charlas ajenas o de las publicidades, queremos “estar solos”, “tranquilidad”, aunque nunca supe exactamente a qué llamamos “tranquilidad”, porque finalmente cuando alcanzamos nuestros sillones prendemos la televisión, y volvemos a llenar de ruido el ambiente.
En una escena de la película Nueve Reinas Marcos, Ricardo Darín, le explica a Juan, Gastón Pauls, por qué los “chorros comunes son aprovechadores de descuidos”, allí se ven las actitudes indiferentes de la gente hacia las distintas cosas que pueden existir o suceder alrededor de ellos. Mientras Marcos habla se suceden una serie de imágenes en las que se observan diferentes personas caminando por el centro de Buenos Aires y cada uno de ellos está atendiendo a sus cosas, acomodando papeles, hablando por celular, nadie mira “más allá de sus narices”. En la foto de Rafael Calviño que ilustra este ensayo se puede ver esto mismo, personas caminando solas por la calle sin atender a lo que pasa a su alrededor, van hacia su destino final viendo únicamente lo evidente, lo que la ciudad les pone en frente.
miércoles, 9 de diciembre de 2009
La ciudad tras bambalinas (1° parte)
La música, los estados de la felicidad, la mitología,
las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos
y ciertos lugares, quieren decirnos algo[…] esta
inminencia de una revelación, que no se
produce, es, quizá, el hecho estético.
las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos
y ciertos lugares, quieren decirnos algo[…] esta
inminencia de una revelación, que no se
produce, es, quizá, el hecho estético.
JL Borges
La ciudad construye espacios, espacios urbanos, y ubica en esos escenarios figuras centrales y figuras secundarias. Pero lo increíble es que todos los habitantes los aceptamos, aceptamos esa disposición de los personajes, que la ciudad nos diga qué mirar, qué escuchar, qué hacer; dejamos que la urbanidad nos oriente sin cuestionamientos.Sin embargo, hay un actor de esta sociedad que se encarga de abrir la mirada, de ver lo que no se ve, lo que queda tras las cortinas del teatro que propone la ciudad. Ese actor es el arte, la ficción en particular. Son las novelas, la literatura, las obras de teatro las que ponen en el centro lo que la ciudad conserva a los costados. ¿Por qué será que es sólo la ficción la que logra desorganizar la organización urbana? Es la necesidad de encontrar relatos, son las ganas de contar historias las que llevan a un escritor a fijarse en lo que está tras las cortinas.
Hace algunos meses empecé a trabajar en microcentro (no es que no lo hubiera hecho antes, pero nunca había permanecido tanto tiempo en un empleo). Pasada la euforia inicial supe que ese trabajo no me traería nada bueno, que había tomado la peor decisión posible, que nunca debería haber dicho que sí. Me molestaba no poder dedicarle tiempo a la facultad, pero más me fastidiaba no tener tiempo para escribir. De todas maneras, y reafirmando la filosofía china, con el tiempo encontré el yin dentro de mi yan.
Por suerte (ahora digo que fue suerte) tuve que correr por Florida y Lavalle, afortunadamente me estrujaron en el subte tantas mañanas. Fue bueno, y creo firmemente que fue bueno no porque quiera autoconvencerme de que no perdí el tiempo, sino porque vi y viví situaciones desconocidas, porque pensé, porque me transformé. Fui otra, me desdoblé y entendí posturas opuestas.
Fui una oficinista que “vuela” por Corrientes sin ver ni el Obelisco, caminé chocando gente porque llegaba tarde, aún cuando no tuviera ningún horario para llegar a ningún lado, simplemente porque, ya lo dice Fito Páez, siempre se hace tarde en la ciudad.
También y al mismo tiempo fui (un proyecto de) escritora, de artista. Gracias (y nunca mejor usada la palabra “gracias”) a tener que escribir ficción tuve que encontrar algo distinto en mi rutina, me tuve que obligar a ver más allá. Se desprendió de mí una segunda yo, una que se detiene a ver el Obelisco (aunque sea de reojo) cuando está llegando a la oficina, una que ve el color de la manta que tapa al señor que duerme en la parada del colectivo, una que sonríe sola en el subte cuando el saxofonista hace su show.
Esa segunda parte mía se reveló ante las imposiciones de la ciudad, le dijo “no” a los protagonistas sobre los que la urbanidad focaliza su atención; espió, miró a los costados y descubrió que detrás de las bambalinas hay millones de cosas tanto o más interesantes que las que brillan bajo el foco principal.
Oscar Wilde dice que ningún artista ve las cosas como son en realidad, ya que si lo hiciera dejaría de ser artista, pero yo no creo que sea así. El artista ve la realidad, sólo que no es la realidad iluminada por la ciudad. Es la realidad de los márgenes, la realidad en la que la ciudad no pone el foco, la más difícil de ver. Eso convierte al artista un artista, la capacidad de inclinar la cabeza y mirar más allá, de ver mucho más que la realidad establecida. Es por esto que es la ficción la única que rompe con los estereotipos urbanos establecidos, esos que nos orientan la mirada.
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